alter ego

Algún día iba a llegar un momento así, distendido, relajado. Un momento casi conmigo mismo. Porque de esos hay pocos, no soy buen acumulador de tiempo. Ni tampoco sé distribuirlos. En fin, éste es uno de ellos, que llegó de casualidad creo. O de premio. O quizá de castigo. Nadie dice que lo hago está bien y vivir por otro lado está mal. Yo lo asumo como propio.
Recién me topé con una situación donde se me hablaba de una mujer de esas que reparte abrazos y besos en un ambiente donde no lo sabe propicio. No se me acordaba la palabra que existía para nombrar a una señorita así, y no era otra que efusiva.
De pronto lo entendí todo. La máquina tragamoneda dio su participación (creo que siempre lo hace, sólo que de a momentos la aprovecho, aunque siempre me hace notar su presencia y haga creer que he fallado a mis principios). Cumplió su cometido. Comprendí que ya todo estaba conocido. Que ya todo estaba creado. Que ya todo estaba dicho.
Es la literatura quien ya lo dijo todo. Existen los diccionarios, allí está la palabra que buscamos (no siempre siquiera saben cómo buscar en él). Hay una palabra exacta para cada cosa. Y ya está escrita, esperando su momento. Agazapada entre unas páginas que en su parte superior sólo se llevan el premio a la mayor conserva de tierra, está ella. La palabra. Su lugar ya está designado, pero es capaz de reproducirse y aparecer en distintos lugares. (Un secreto: tiene muy efectivas maneras de quedarse en tu cabeza, para que cuando la halles ahí, seduciéndote, la uses para hacerla salir). No va a desaprovechar ninguna oportunidad de la que dispone. Porque no se rinde, es una jugadora empedernida. Quiere hacer valer todo lo que compró. Es que invirtió en lugares ocultos a la vista de muchos. Pero en realidad ahí están. (Esto ya fue dicho hace rato, obviamente).

Cuando recuerde de qué hablaba quizá lo siga.

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