paja y trigo
¿Qué debería volcar en estas líneas?
Siento vergüenza y culpa.
Ella ya cerró sus ventanas y apagó las luces.
Seguramente crea que soy un sujeto peligroso. Al menos, raro.
Es el problema de vivir en edificios. Esto no sucedía en la propiedad de calle Roca. Allí cerrábamos la persiana siempre que sucedía algo en la habitación.
En cambio, ahora me siento espiado. Estoy perseguido. Hace rato que no experimentaba estas sensaciones.
No bajo mi persiana porque creo que teniéndola abierta estoy mostrando un poco yo ahora.
Trato de convencerme de que no es tan grave. De que mañana lo olvidará.
Pero sé muy bien que eso no es lo ocurrirá: De ahora en más ella vivirá con sus cortinas cerradas durante todo el día. Lo mismo debería hacer yo, pero no tengo cortinas.
Quiero que me vean. ¿Quiero que me vean?
Si en este momento estoy escribiendo en este blog que es secreto. Muy pocas personas saben de su existencia. Me pregunto si algún día podré sacar un provecho de esto. Acto seguido me pregunto sobre su utilidad.
Me vuelven los pensamientos sobre la vecina que espié.
Me arrepiento de haber sido tan obvio. Eso es lo que me pone mal: Haber sido tan ingenuo, tan poco estratégico. Lo primero que pensé fue que necesito tener una manera de poder apagar todas las luces del departamento de forma remota. Algo así como un control remoto en el celular.
Escribir esto aliviana mi culpa. Pero no dejo de pensar en lo que hice: La hice sentir incómoda.
Yo solamente quería observar. Saber qué estaba pasando.
En algún momento fantasée con la idea de tener una cámara en las ventanas, cosa de poder hacer lo mismo pero sin llamar la atención. Esto me deschava nuevamente: Me arrepiento de mi indiscreción. De haber sido tan obvio. Ella está muy cerca. Me vio. ¡Me vio!
¿Cuándo olvidaré esto? ¿Y ella? ¿Qué estará haciendo? Ni siquiera me atrevo a girar mi cuello. Todo está a 90 grados hacia el Este del lugar donde estoy ahora. Miro de reojo a ver si capto alguna luz, pero no estoy seguro de que haya algo prendido en su departamento. Sí. Sí que veo luces, pero no estoy seguro de si son en su departamento o en el de al lado de ella.
Recuerdo la posición en la que la observé. Digna de un pajero. De rodillas y pensando que estaba en completa oscuridad. Pero tenía luz atrás mío. Por supuesto que era obvio que me iba a ver. Soy un principante total en el arte de la observación discreta.
Me duele mucho el saber que no sé. Ahora soy un poco mejor. Es cuestión de afinar la técnica. Al menos ya sé que tengo que apagar todo. Ya sé también que debo protegerme yo.
¿Cuándo tendré cortinas en este espacio?
Me refiero al espacio físico desde donde estoy escribiendo esto. Debería revisar el presupuesto que me hizo el señor elegante que vino a tomar medidas hace ya algunos días.
No puedo continuar así, sin misterio alguno.
Veo el micrófono, los auriculares y la placa de sonido que compré hace poco para hacer un podcast. Pero sin embargo no sé de qué trataría. Siento también vergüenza de usarlo cuando hay gente cerca mío. Incluso si es mi hermana.
Yo no adquirí todo esto para no usarlo. La idea era poder decir algo. Contar algo. Ordenar mis ideas. Quién sabe, quizás a alguien se le vuelve interesante el escucharme. Pero siento no tengo nada para decir. Y esto no es así. Definitivamente no lo es.
Hago teatro para mostrar mi arte y me pasa lo mismo: Siento vergüenza de ser. ¿Por qué no quiero que sepan lo que siento? Las veces que lo he mostrado han sido siempre más que bien recibidas. Marcos dijo que es por ahí: Mi padre, Bahía Blanca, mi familia, mis amores, mis penas. Quiere que muestre eso. Quiere que eso sea mi motor. Y sin embargo aquí estoy, oculto. Guardándome para mí todos mis poderes. Bah, yo siento que son poderes.Ya hablé de esto con Myriam alguna vez: Hay cosas que no quiero dar. No quiero dar mis sentimientos. Algo hace que no los muestre. Sin embargo en varias ocasiones he accedido a mostrarlos y eso ha causado lindas sensaciones (sí, Joaquín, ya dijiste que esto fue más que bien recibido algunas líneas atrás). En el caso de las mujeres esto ha generado amor. Unilateral en general. De ellas hacia mí. En ese punto es que pienso que piensan que soy genial. Nah, mis sesgos de omnipotencia son exageradamente altos. A niveles ridículos.
Estoy seguro de que la vecina me está mirando y hasta está leyendo lo que escribo. Sí, seguro tiene un telescopio enorme y está leyendo las palabras que voy tipeando.
Vecina, si estás leyendo esto por favor hacemelo saber con alguna señal. Quizás algún destello. Un flash de cámara fotográfica. Puede ser la del celu, no hay problema. Pero necesito saber que ahí estás.
Este acto de escritura está sucediendo porque siento tus ojos clavados en mi cuello. Te imagino detrás de la cortina esperando el momento en que yo me de vuelta y te vea. Y quizás me regales la imagen de tu piel nuevamente.
Sí, ya sé que no me la querías regalar. Que no fue tu intención. Ya lo sé. Son mis fantasías nomás. Creía que podíamos ser amantes de ventana a ventana. Pero, ¿sabés qué? Hay mucha otra gente que nos vería también. No quiero invitarlos. Esto es entre nosotros. No estoy dispuesto a que me vean. Si me abro es con vos y es sólo porque siento culpa. Por eso es mi homenaje a vos en estas líneas.
Yo sé que me la mandé. Estuve mal y me descubriste. Mi intención no era que me veas pero en verdad mi actitud no era la correcta. Siempre hago lo mismo: Primero hago lo que me nace y, si pasa pasa. En este caso no pasó y por eso me da por agachar la cabeza y ponerme un poquito en el lugar del otro. Y ahí, en el modo arrepentido, es que activo y hago lo que se esperaba de mí. En este caso ella no esperaba nada. Lamentablemente no esperaba nada. El amor que sentía en el párrafo anterior se desvanece. Ya no está. Lo peor: Nunca estuvo. Pero mi voluntad sí. Mi actitud de espía quería verlo todo sin que ella lo supiera. Y lo supo.
Mariano insistió varias veces durante el viaje en que hay que ver el vaso medio lleno. Si sigo esa filosofía en este momento entonces deberé conformarme con que gracias a que fui descubierto es que nacieron estas palabras. Ya estaban ahí, gestándose hace muchos años. Pero hoy volvieron a aparecer. Por momentos imagino que voy a estar toda la noche escribiendo y que esto derivará en una novela. Luego digo que no, que sería más bien un ensayo. Más tarde me doy cuenta de que sólo serán unos párrafos que están tirados en este blog oculto. Estoy matando la constancia que me está naciendo.
Qué cosa el tema de ser constante. Es muy difícil. Me hice adicto a la dopamina, al placer instantáneo. A la gratificación inmediata. Debería buscar la serotonina. Uno no puede ser adicto a la serotonina. No hay manera. Y la serotonina es el camino a la felicidad. Decía Estanislao que el placer no lleva a la felicidad. Hay que mixear bien estas cosas. Por supuesto que seguirán llegando momentos de inyección de dopamina con alguna compra. Pero la constancia, Joaco, la constancia... Necesitamos buscar eso. Necesitamos llegar a la felicidad de alguna forma. La dopamina mata neuronas. Sí, lo escuchaste hace algunos minutos: Si la neurona se pasa de dopamina entonces se muere. Pienso en la dopamina que regalé en alguna vieja amistad. Invitarla a cenar y pagar siempre me daba dopamina a mí (y quizás a ella también). Pero saturé la amistad. Tanto dulce no salvó el hecho de que pensábamos distinto. Estaba subyacente ahí, siempre lo supimos y hasta creíamos que era una fortaleza digna de ser admirada: Wow, qué bien estos pibes que son amigos a pesar de todas las diferencias que tienen. Y faltaba serotonina me parece. Faltaba una estructura sólida que la dábamos por construida. Al primer viento todo se fue al carajo y no volvimos a hablar. La diferencia de la que tanto espamento no sobrevivió al temporal. Bueno, a mí me parecía una lluvia nomás. Sigo creyendo que no era para tanto. Ella debe seguir pensando lo mismo que creía en ese momento: Que sí era para tanto.
La noche terminó de manera completamente inesperada: Desde las 12 de la noche y hasta las 3 a.m. estuvimos hablando. Discutiendo por momentos pero supimos llevar la conversación a buen puerto. Tanto que nos confesamos nuestras ganas de vernos y a las 3 a.m. estábamos concretando el encuentro. Duró poco más de 2 horas y tuvo sabor a poco. Realmente nos merecíamos más. No sé bien qué pasó pero en un momento me sentí un completo ridículo mientras contaba cosas que a nadie le importaban. Y digo ridículo por no decir pelotudo. Así me sentí. Me pregunté por qué hicimos eso. No había necesidad. La pasión no fue la que nos habíamos anticipado. Su cuerpo se sentía suave pero distante. Por momentos ninguno de los dos estaba ahí.
Y hay que aceptarlo: No debemos estar ahí. Así como yo no debía estar arrodillando espiando, tampoco debía estar desnudo en su cama a esa hora.
Empecé sintiendo vergüenza y culpa. Ahora a eso hay que agregarle que me siento un pelotudo.
Un pajero.
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