{entre llaves}

Se hace cuesta arriba cuando uno mira solamente hacia delante, pensando cada detalle de lo que vendrá. Es más fácil sentir la liberación del cuerpo, una elevación profunda (y de altura también). Pero no es fácil para quien vivió tratándose de adaptar al medio, que de casualidad cumplía misiones básicas sin saberlo a estar consciente de ellas, y pendientes de las mismas también. El alquitrán se apaga y este fragmento de una realidad más andando por el mundo tiende a querer evitar su papel principal. Sí, porque si no tuviera una mano ocupada sin duda la historia hubiera tomado otro ritmo.

Ahora los roles se intercambian (y sé que no debo relatar esto, lo sé, ¿pero?), y el acusado es el protagonista nuevo. El pasado inmediato se acerca ( lo diré en código) y los reproches comienzan. No así los arrepentimientos. Nunca llegaron. Pero pareciera que el susodicho asume otro papel, como si no hubiera comprendido la consigna. Me hundo en mí mismo y recuerdo que hablábamos de ciertos reproches, cuestiones que no dejan de atormentar mentalmente a nuestro vigilado esta noche. Sabe que mañana las responsabilidades llegarán, la tranquilidad será infinita, pues ya avisó de sus falencias a sus superiores. Es perdonable, pero no admisible. Curioso decir esto, puesto que si uno lo perdona quizá es porque comprende el papel de quien tiene enfrente; en cambio, si uno admite una actitud aparentemente negativa porque es más que evidentemente que estos momentos no existirían, que el tiempo no correría, que nunca las vería, comienza su propio desorden. El ser humano, ante un mínimo estímulo ya tiene una reacción. Y cuando siente el estímulo, le deja paso sin dudarlo. Deja que se libere, que no se autocondicione más.
(Nótese que en cuanto lo duda, el estímulo se difumina).

No recuerdo haber mencionado que el alquitrán ya fue inhalado por quien escribe, que Babilonia está a la orden del día, y que no llegaría nada en esta noche. Hoy sí que no hay estímulos.

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